

Un buen día, poco antes de cumplir los 30, la británica Leyla Kazim decidió someterse a un pequeño experimento. Seguiría acudiendo cada mañana a la oficina, ocuparía su mesa, respondería correos, asistiría a reuniones, asentiría con entusiasmo cuando alguien le preguntara cómo marchaba aquel informe –«estoy en ello», «solo me queda una última revisión», «mañana lo tienes»–, pero en realidad no haría absolutamente nada. Ni análisis de datos. Ni presentaciones. Ni una sola tarea útil. Nada. Quería comprobar cuánto tardaría alguien en darse cuenta de que su trabajo era prescindible. @elmundo








