
La historia comienza en 1758, cuando el mineralogista sueco Axel Fredrik Cronstedt llamó tungsten a un mineral que hoy conocemos como scheelita y que contenía nuestro preciado elemento.
El nombre procede de las palabras suecas tung («pesado») y sten («piedra»), es decir, «piedra pesada», debido a su gran densidad. Su uso consolidado en el mundo anglosajón hizo que la IUPAC terminara adoptándolo como único nombre oficial en inglés en 2005.
La cosa no queda ahí. En 1783, los hermanos españoles Juan José y Fausto Delhuyar consiguieron aislar por primera vez el metal a partir de la wolframita y decidieron llamarlo volfram, con V, tal como aparece en su publicación original.
De aquel nombre derivaría posteriormente nuestro wolframio, adaptación del latín científico wolframium, y su símbolo químico, W.
¿Y de dónde viene wolfram? Según la explicación tradicional, de las palabras alemanas Wolf («lobo») y Rahm («espuma»).
Los antiguos mineros observaron que este mineral dificultaba la obtención de estaño durante la fundición, haciendo que una parte acabara en la escoria.
Decían que se lo comía como un lobo devora a una oveja, de ahí la curiosa expresión «espuma de lobo», recogida en latín como lupi spuma en el siglo XVI.
Aunque hay un matiz interesante: algunos estudios etimológicos sugieren que Rahm podría proceder de una antigua palabra alemana que significaba «suciedad» u «hollín», lo que también encajaría con los residuos de la fundición. El origen exacto sigue siendo discutido.
De aquel nombre, wolfram, derivó posteriormente wolframita, la denominación del mineral.
Como comprenderéis, yo estoy en el equipo wolframio. 😉 Salud.








