Mientras limpian sus patas, los movimientos rápidos de la mosca pueden hacer que la delgada conexión entre su cabeza y su cuerpo se rompa.

Es como estar lavándote la cabeza en la ducha pero con brazos hidráulicos.
Mientras limpian sus patas, los movimientos rápidos de la mosca pueden hacer que la delgada conexión entre su cabeza y su cuerpo se rompa.

Es como estar lavándote la cabeza en la ducha pero con brazos hidráulicos.
El templo de Kailasa en las Cuevas de Ellora, Maharashtra, India, se considera uno de los templos en cueva más notables del mundo.

Le atravesó la nalga izquierda y le metió aire en el cuerpo a unos 7 kg por centímetro cuadrado. Sobrevivió, pero el aire le separó la grasa de los músculos y le comprimió el corazón.
Por suerte, el aire se quedó atrapado entre las capas de tejido en lugar de pasar a la sangre, lo que le habría provocado una embolia mortal. A lo largo de tres días, el aire fue saliendo de su cuerpo de forma natural, por las vías habituales. Se recuperó por completo y rápido, y salió del hospital unos días después sin secuelas.
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El fenómeno empezó a llamar la atención cuando se encontraron los dos primeros con solo seis días de diferencia en islas distintas de la Columbia Británica. Como ambos eran pies derechos, quedó claro enseguida que pertenecían a personas diferentes, aunque la aparición de otros cinco pies al año siguiente avivó durante un tiempo las especulaciones sobre un posible asesino en serie.
Sin embargo, los exámenes forenses posteriores apuntaron sin lugar a dudas a un proceso tafonómico completamente natural: cuando un cuerpo queda sumergido, los carroñeros marinos se comen poco a poco los tejidos blandos y los delicados ligamentos que unen los huesos del tobillo, hasta que el pie acaba separándose por sí solo del resto del esqueleto sin necesidad de ninguna fuerza mecánica. Los forenses de la Columbia Británica comprobaron expresamente que ninguno de los casos examinados mostraba signos de corte o seccionamiento, lo que confirmó que la separación era totalmente biológica.
Las propiedades físicas de las zapatillas son la principal explicación de por qué estos restos llegan a la orilla: el calzado protege el tejido de la fauna marina, mientras que la espuma sintética ligera y las cámaras de aire de las suelas hacen que flote. Así, un pie desprendido puede irse a la deriva con las corrientes hasta que el mar lo deja en la playa, mientras el resto del cuerpo, más pesado, se queda en el fondo.
Para estudiar mejor estos tiempos de descomposición, unos investigadores siguieron la actividad de los carroñeros colocando cadáveres de cerdo en el mar de Salish y descubrieron que, en aguas profundas y muy oxigenadas, los restos quedaban reducidos a esqueletos limpios en menos de cuatro días, mientras que experimentos anteriores en otras condiciones habían demostrado que los tejidos podían conservarse intactos durante semanas o meses.
Gracias a las pruebas comparativas de ADN, los investigadores han podido relacionar estos restos con personas desaparecidas, y en febrero de 2016 los forenses de la Columbia Británica ya habían identificado diez pies pertenecientes a siete personas distintas. En esos casos resueltos no hallaron indicios de criminalidad, y dejaron para investigaciones aparte la tarea de averiguar quién era cada persona y cómo murió.

La historia comienza en 1758, cuando el mineralogista sueco Axel Fredrik Cronstedt llamó tungsten a un mineral que hoy conocemos como scheelita y que contenía nuestro preciado elemento.
El nombre procede de las palabras suecas tung («pesado») y sten («piedra»), es decir, «piedra pesada», debido a su gran densidad. Su uso consolidado en el mundo anglosajón hizo que la IUPAC terminara adoptándolo como único nombre oficial en inglés en 2005.
La cosa no queda ahí. En 1783, los hermanos españoles Juan José y Fausto Delhuyar consiguieron aislar por primera vez el metal a partir de la wolframita y decidieron llamarlo volfram, con V, tal como aparece en su publicación original.
De aquel nombre derivaría posteriormente nuestro wolframio, adaptación del latín científico wolframium, y su símbolo químico, W.
¿Y de dónde viene wolfram? Según la explicación tradicional, de las palabras alemanas Wolf («lobo») y Rahm («espuma»).
Los antiguos mineros observaron que este mineral dificultaba la obtención de estaño durante la fundición, haciendo que una parte acabara en la escoria.
Decían que se lo comía como un lobo devora a una oveja, de ahí la curiosa expresión «espuma de lobo», recogida en latín como lupi spuma en el siglo XVI.
Aunque hay un matiz interesante: algunos estudios etimológicos sugieren que Rahm podría proceder de una antigua palabra alemana que significaba «suciedad» u «hollín», lo que también encajaría con los residuos de la fundición. El origen exacto sigue siendo discutido.
De aquel nombre, wolfram, derivó posteriormente wolframita, la denominación del mineral.
Como comprenderéis, yo estoy en el equipo wolframio. 😉 Salud.