No quiero volver a relacionarme con la gente que dice «¿Para qué sirve?».
Tengo 50 años en mi pasaporte, 12 en la cabeza (y 18 en los calzoncillos, diría mi mujer).
Y pienso que esto va a durar.
Ya no soporto a los aguafiestas profesionales del escepticismo.
¿Para qué servía querer volar? ¿Para qué cruzaba los océanos? ¿Para qué pisar la Luna?
Para nada. Hasta el día en que alguien lo hizo.
Siempre he tenido una ternura infinita por los originales. Los inadaptados. Los rebeldes. Los pelmas. Los que no encajan en las casillas.
Los que tienen ideas absurdas, ambiciones desmesuradas, proyectos improbables.
Porque son ellos los que hacen avanzar el mundo.
No los gestores del declive.
Las personas lo suficientemente locas para creer que pueden cambiar el mundo son precisamente las que acaban cambiándolo.
Y lo que me aterroriza hoy es la mentalidad que transmitimos a nuestros hijos.
Los criamos en una atmósfera de fin del mundo permanente. Entre malthusianismo, mandatos de decrecimiento, culpa ecológica y ansiedad organizada.
¡Qué terrible inversión de valores!
La ecología debería ser un formidable desafío lanzado a la inteligencia humana, no una pedagogía de la resignación.
No quiero una generación que se disculpe por existir hasta el punto de no tener hijos.
¡Quiero una generación que arda en deseos de descubrir, de crear, de follar, de entender!
El optimismo no es ingenuidad, sino el coraje de creer en nuestra capacidad para afrontar cualquier cosa.
El progreso no es una fatalidad, sino una conquista.
Es mi oda a los soñadores, a los inventores, a los entusiastas, a los indómitos, a los dulces locos y a los pelmas magníficos.
A todos los que dicen «¿te atreves?» en lugar de «¿para qué sirve?».
Tengo 50 años, y me niego a hacerme viejo en la cabeza.
¡Vivan los locos que quieren cambiar el mundo! @ZeClint