La riqueza de las naciones no se mide por el gasto público total, sino en la calidad de ese gasto público, de lo que de verdad llega al ciudadano.
Y en eso, España retrocede pese a años de gasto público récord, alimentado con impuestos y deuda crecientes.
Adam Smith ya distinguía entre trabajo productivo e improductivo: el gasto que sostiene al Estado, por legítimo que sea, no acrecenta la riqueza real de un país.
Cada euro desviado a “manos improductivas” es un euro que no se convierte en capital productivo o bienestar futuro.
España lleva años siguiendo este camino.
Es la misma trampa del mercantilismo que denunciaba Smith: confundir el tamaño del tesoro (o del gasto) con la prosperidad de la nación.
250 años después algunos siguen midiendo el éxito económico de un país por el volumen del gasto público y no por cómo ese gasto público mejora la vida de sus ciudadanos. @davmiranda


Enviado por @Igualdad_7_2521







