
Ambas razas padecen, desde su nacimiento, diversas dolencias causadas por sus características físicas, fruto de manipulaciones genéticas realizadas para obtener un aspecto peculiar.
En el caso de los gatos con orejas plegadas, su apariencia es consecuencia de una mutación genética que afecta al cartílago, lo que va más allá de la forma de sus orejas, como sucede con la raza Scottish Fold, aunque hay más razas que tienen esta característica.
Este defecto genético provoca que muchos de estos animales sufran dolores articulares, dificultades para caminar, rigidez en las extremidades y, en los casos más graves, parálisis. No existe un tratamiento curativo, lo que implica que los gatos afectados deben convivir con estas molestias durante toda su vida.
Los gatos sin pelo, como el popular esfinge, tampoco se libran del sufrimiento. Su falta de pelaje les impide regular adecuadamente la temperatura corporal y los hace más propensos a infecciones por hongos.
El gato es algo así como el tiburón de tierra. Está TAN BIEN DISEÑADO que su ADN apenas ha sufrido modificaciones a lo largo de los milenios. Lo que principalmente ha cambiado es su tolerancia a compartir espacios con los humanos.

Esta escasa alteración genética respecto a sus ancestros salvajes es el origen del mayor malentendido en la convivencia. La sociedad tiende a tratar al gato como si fuera un perro de tamaño pequeño y de carácter reservado, aplicando las mismas dinámicas de atención e higiene. Este enfoque ignora que la psicología y la fisiología de ambas especies discurren por caminos completamente divergentes. Mientras que el perro es un animal social de manada con una gran plasticidad para adaptarse a los ritmos humanos, el gato es un cazador territorial solitario que necesita mantener un control absoluto sobre su entorno para sentirse seguro.
Creer que un gato es un animal fácil porque no requiere paseos diarios por la calle es caer en una peligrosa trampa. La vida dentro de un hogar creado para el uso y comodidad humana, si no se planifica meticulosamente, puede convertirse en una fuente inagotable de estrés crónico, de apatía y del desarrollo de problemas de conducta. Un hogar preparado para un felino exige una inversión constante de tiempo y recursos en enriquecimiento ambiental. Es necesario incorporar espacios verticales, refugios a gran altura, zonas de escondite estratégico y una rutina diaria de juego estructurado que simule la secuencia completa de caza, acecho, captura y consumo. Sin esta estimulación física y mental, la energía reprimida del animal termina derivando en frustración, marcaje inadecuado o patologías físicas graves como la cistitis idiopática felina. @20minutos

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